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martes, 22 de mayo de 2012

RECURSOS HUMANOS: Entrevistas de trabajo "de tensión"

EL APRENDIZAJE DE LAS ENTREVISTAS DE TRABAJO

Normalmente, en la mayoría de procesos de selección de personal (te hagas o no con el puesto de trabajo) el candidato se suele llevar una buena impresión de la empresa y del entrevistador, sirviéndole la propia entrevista para conocerse mejor, sacar conclusiones, conocer los puntos débiles de su perfil (los que uno debe trabajar) y, sobre todo, aprender. Se pueden sacar conclusiones muy interesantes de una buena entrevista de trabajo, y nunca es "tiempo perdido" ni mucho menos, sino más bien todo lo contrario.



Las empresas muchas veces están interesadas en poner a prueba a los candidatos para intentar ver cómo funcionan y toman decisiones en circunstancias que tratan de simular el día a día (en situaciones de estrés, tomando decisiones de forma rápida, consensuando y trabajando en equipo, siendo resolutivos...). Para ello se suelen hacer dinámicas de grupo, pruebas y tests que plantean dificultades a solucionar por los candidatos, con el objetivo de descubrir cuál es el más adecuado según los requerimientos y características del puesto (quién tiene capacidad de liderazgo, quién trabaja por objetivos, quién hace equipo, quién se comunica mejor, quién es capaz de aportar soluciones y proponer críticas constructivas, quién es el más creativo, quién es el más metódico, quién habla más, quién escucha mejor a los demás...). Son un tipo de pruebas muy útiles y muchas veces incluso divertidas para los propios candidatos.



LAS ENTREVISTAS "DE TENSIÓN"

Sin embargo, hace unos años tuve la oportunidad de asistir a una de las llamadas entrevistas "de tensión", cuya existencia pensaba hasta entonces que se trataba poco menos que de una leyenda urbana. Las entrevistas "de tensión" son aquellas en las que el entrevistador trata de llevar psicológicamente al candidato a una situación límite, generándole un gran estrés y ansiedad (en resumen, haciéndole pasar un mal trago), hasta el punto de intentar que éste se derrumbe en la propia entrevista. En este tipo de entrevistas es posible llegar a rozar la línea de lo razonable, tolerable y admisible en un proceso de selección: pueden -que no deben- llegar a darse faltas de respeto, atentados contra la intimidad, palabras malsonantes... que jamás estarán justificadas en ninguna entrevista de trabajo.



MI EXPERIENCIA EN UNA ENTREVISTA "DE TENSIÓN"

Recuerdo que mi entrevista fue para un puesto en una firma de auditoría hace ya unos años, y sinceramente durante algunos momentos a lo largo del proceso llegué a pensar que se trataba de una cámara oculta, una broma, o que bien en algún momento alguien saldría para darme una explicación. Pasado un tiempo, cuando se lo comenté a amigos y gente relacionada con el mundo de los recursos humanos, todos sin excepción me hicieron el mismo comentario: que ellos jamás hubieran aguantado hasta el final, pues se habrían levantado e ido antes finalizarla. Incluso alguno me comentó que le hubiera dicho cuatro palabras al entrevistador antes de salir por la puerta...

El caso es que la entrevista fue por la mañana: como me gusta ir con tiempo, llegué con más de media hora de adelanto respecto de la hora citada y esperé tomando un café en un bar cercano. Evidentemente a la entrevista iba preparado con traje y corbata, mi curriculum y algunos trabajos y demás documentación en una carpeta. Cuando faltaban 10 minutos, decidí ir entrando en la oficina de la empresa. Una chica me pasó a una pequeña sala de juntas y me dijo que esperase unos minutos. Al cabo de ese tiempo, entró mi entrevistador...


1. La primera sensación: el apretón de manos al saludar

Recuerdo que la primera sensación de entrada ya fue mala: por la puerta entró un señor con el ceño fruncido (bastante malencarado) y al que le costó darme la mano cuando yo le extendí la mía como saludo inicial. De hecho, pienso que no me la hubiera dado de no ser que mi movimiento fue bastante decidido hacia su mano. Él casi sin mirarme a los ojos (tendía a mirar hacia el suelo), y con una absoluta sensación de desgana y desinterés, "dejó caer" su mano sobre la mía.


Creo que en psicología se estudia la forma en la que las personas dan la mano al saludar, y en función de esto hay 3 perfiles claramente identificados: los que dan la mano con la palma hacia arriba, con la palma hacia abajo y de forma normal (con la palma por un lateral). Mi entrevistador me dejó caer su mano con la palma hacia abajo y por supuesto sin decir una palabra...


2. La experiencia profesional y competencias

Nos sentamos en una mesa, y empezó la entrevista: cogió mi curriculum y empezó a revisarlo y a comentarlo en voz alta. Normalmente en las entrevistas de trabajo se suele empezar repasando la formación, para luego comentar la experiencia laboral. Él lo hizo al revés: comenzó preguntándome por qué quería acceder a este trabajo. Yo le comenté mis motivos y mi interés a nivel profesional por aprender en la rama de la auditoría, y antes de dejarme acabar mi explicación, recuerdo que su primer comentario con un tono bastante fuerte fue "¡venga ya, no me cuentes milongas!". La verdad es que me quedé planchado con esta primera respuesta (no me la esperaba), y le comenté que mi interés real en ese puesto era el de aprender para poder ejercer como auditor-contable, y por supuesto para colaborar en sacar adelante su empresa, cosa que a mí realmente me motivaba. No tenía ninguna necesidad de engañarle ni de ocultar o cambiar mis motivaciones, pero el hombre puso una absoluta cara de póker, tratando de mostrarme que no se creía nada de lo que estaba contando.


A continuación me preguntó qué actividades y responsabilidades venía desarrollando en mi último trabajo, y al poco de empezar a explicarle mi experiencia en mi antigua empresa, de nuevo me interrumpió para decirme que "vaya mal gestionada que estaba", menospreciando las tareas que había realizado en ella, y diciéndome cómo debería hacer las cosas. Mi entrevistador cogió carrerilla y comenzó a soltarme perlas del tipo "ya voy viendo que tú poco me vas a poder aportar", y que era mejor "que no le hiciera perder su tiempo". Que su tiempo era muy importante lo dejó bien claro desde el comienzo, y aprovechó para comentar que apenas unos días antes el director de uno de los principales bancos españoles había estado reunido con él en la misma silla en la que yo estaba sentado en ese momento (...). Durante el bloque de experiencia laboral, recuerdo que también me hizo el comentario "no debes ir muy sobrado" cuando me preguntó por las condiciones en las que yo trabajaba en mi antigua empresa y en la cual tenía un contrato de prácticas. Yo nunca me he sentido víctima ni mucho menos por haber trabajado de becario, sino más bien todo lo contrario: estoy muy agradecido a la empresa que me dio mi primera oportunidad laboral y tengo muy buenos recuerdos, por tanto no me sentí identificado con lo que él decía.


3. La formación académica

Acto seguido, pasó a comentar mi formación: vió que yo era licenciado en ADE, y lo primero que hizo fue criticar a todos los licenciados en ADE de España, diciendo lo mal formados que salíamos de la universidad: "los de ADE acabáis la carrera y pensáis que sabéis algo de contabilidad, cuando realmente apenas sabéis hacer 2 asientos contables mal hechos...", dejando claro que prefería contratar a gente de otras carreras que no tienen nada que ver con la empresa (creo recordar que me comentó que los de Farmacia y los químicos eran los que mejores resultados le daban...???). Insistiendo en el tema de mi baja calidad formativa, comentó que "estaba completamente seguro de que si me preguntaba sobre cualquier materia de la carrera no sería capaz de responderle, y que con seguridad habría olvidado como mínimo el 80% de todo lo que me habían enseñado...". Yo le invité a preguntarme lo que quisiera, y que intentaría contestarle dentro de mis posibilidades...

La verdad es que desde el inicio de la entrevista, su tono era bastante estridente, algo chillón, y la intencionalidad de los comentarios era claramente hiriente. Tras poner de vuelta y media a los licenciados españoles en ADE, continuó criticando la formación en nuestro país: "que sepas que yo tengo a mi hija estudiando en EE.UU. porque en España la formación es lamentable!! Aquí nadie valora las cosas que se pagan con los impuestos de todos. En EE.UU. a nadie se le ocurre romper una farola o una papelera porque todos son conscientes de lo que cuestan las cosas...". Y así me tuvo un buen rato. La verdad es que me echó un buen "chorreo" con este tema y el caso es que en el fondo yo estaba de acuerdo con él (en España es una vergüenza el despilfarro del sector público) pero creo que fallaron por completo las formas y el momento.




Una de las cosas que más me sorprendió de esta entrevista fue el hecho de que apenas me dejase hablar (no me dejaba explicar nada pues constantemente me interrumpía para corregirme o para cortarme con comentarios bastante duros bajo mi punto de vista: la verdad es que nunca había vivido una situación en la que te encuentras impotente porque alguien no te deja explicarte ni defenderte ante sus comentarios hirientes). De hecho, después de explayarse agusto y con bastante nerviosismo, me recriminaba que "no le había aportado ninguna solución a nada de lo que me había planteado" (¿¿el problema de la educación en España?? ¿¿mi bajo nivel formativo desde su punto de vista?? ¿¿el despilfarro del sector público y los impuestos...??), que se daba cuenta de que yo no estaba entendiendo nada de lo que él me estaba explicando (pienso que en este punto tenía algo de razón, porque a día de hoy sigo sin entender a qué se refería), que era "como si hablásemos en idiomas diferentes", y que "se estaba desesperando conmigo" (al oír esto sí que me empecé a preocupar...).

Cuando pensé que ya se había quedado agusto y que estaría algo más relajado, de repente y sin esperarlo me soltó otro comentario bastante desacertado: "por muy encorbatado y trajeado que vengas aquí, no sirves para nada si no cambias tu forma de analizar las cosas y te pones a aprender algo de verdad". Yo pensaba dos cosas: primero "qué terrible infancia debió tener este señor" y segundo "cómo es posible que pueda juzgar cómo soy o cómo analizo las cosas si no me ha dejado hablar, prácticamente no me ha podido escuchar...". A continuación me hizo el comentario de que había visto que conmigo, lo único que iba a poder hacer era desahogarse (y eso sí que era cierto, y bien que lo hizo).

La verdad es que la situación se volvía cada vez más tensa y estresante, y en varias ocasiones estuve tentado de levantarme y terminar la entrevista porque ya veía que aquello no conducía a nada. Pero el caso es que pensaba para mí mismo que esa entrevista era (1º) un reto que me apetecía superar, (2º) quería ver dónde acababa todo esto (porque debía tener una explicación lógica -¿sería de verdad una cámara oculta?- aunque tenía bastante claro que aunque finalmente y por una conjunción de astros me cogiese, no iba a aceptar el trabajo), y (3º) que no le iba a dar el gusto de levantarme antes de tiempo e irme de allí enfadado ni con mala cara, sino más bien todo lo contrario: me apetecía acabar el reto de forma absolutamente correcta y cordial (el entrevistador también puede aprender del entrevistado).

Tal y como venía pasando desde el inicio de la entrevista, las pocas veces en las que conseguía que me dejase responder algo (aunque nunca acabar una frase por completo), en seguida se aventuraba a soltarme nuevas perlas como "no me gusta nada lo que estás diciendo", "creí que ibas a pensar de otra manera" e incluso "hay que ver el grado de deformación -intelectual- que tienes". La verdad es que esta última frase me sentó un poco mal, porque entendí que me estaba llamando poco menos que tonto, sin escucharme, y con la sensación de no poder defenderme. Pero como no ofende quien quiere sino quien puede, pues intenté seguir adelante con la entrevista como quien no quiere la cosa: yo quería saber qué había al final de todo eso... Desde hacía algún rato, el pensamiento que más rondaba mi cabeza era el de "pobre gente la que tenga que trabajar contigo todos los días".


3. La formación complementaria y el fin de la entrevista

Hablando de nuevo de la tan "dichosa" carrera de LADE, yo le comenté que a mí me había gustado, que además me atraía el mundo de la empresa en general, y que cada año trataba de complementar mi formación a través de los cursos y seminarios que veía interesantes (en cámaras de comercio, confederaciones empresariales, escuelas de negocios...) para intentar aplicarlos luego en mi trabajo. ¡Craso error! Pues en cuanto vió mis cursos allí plasmados en el curriculum, decidió embestir contra ellos: "¡estos son los típicos cursos que imparte gente que no tiene ni idea de nada!" y que por tanto "poco o nada has podido aprender en ellos". Es curioso porque sentenciaba sin tan siquiera pararse a ver o preguntar quién los había impartido, en qué escuela, o sobre qué matería eran. Le daba igual.

Yo le comenté -a duras penas, pues como creo que he dejado bien claro, tendía a interrumpirme constantemente- que en el sector de la formación había de todo: docentes buenos y docentes menos buenos, cursos mejores y cursos peores, y que muchas veces dependían del nivel y la experiencia del ponente. Pero en términos generales yo estaba satisfecho con los que había hecho, pues los había escogido con bastante criterio, y que sí que había podido aplicarlos a mi trabajo (en ese momento me acordaba del director financiero de una gran empresa que nos había enseñado a realizar presupuestos y a medir las desviaciones, del responsable de riesgos de un banco que nos había enseñado a calcular los diferentes cash-flows y a interpretarlos, el docente de un curso de tablas dinámicas de Excel con el que había podido aprender a clasificar y resumir miles de datos...).

Y como la verdad ya empezaba a estar un poco harto de justificarme de todo y por todo, le comenté (por supuesto de forma absolutamente cordial y educada) que yo no estaba de acuerdo con él al decir que el realizar cursos no sirve de nada, y que yo había conocido buenos docentes en varios de ellos. "¿Que no estás de acuerdo?" me respondió. "Entonces no hay nada más que hablar". Y acto seguido cogió los papeles que tenía sobre la mesa referentes a mi candidatura -entre los que se encontraba mi mi curriculum-, y con las manos bien en alto, a la altura de mi cara, empezó a romperlos sonoramente en pedazos delante de mí... (un verdadero circo...).

Llegados a este punto, nos levantamos, salimos de la salita de juntas y me acompañó hasta la puerta principal de la oficina. Yo en todo momento, y a pesar de que estaba algo dolido (por no decir otra palabra) por varios de sus comentarios, intenté ofrecerle un trato absolutamente respetuoso y educado. Una vez en la puerta de la oficina, le dí de nuevo la mano y le agradecí su tiempo. Y antes de despedirme, me dijo que, bueno, que si me lo pensaba y estaba interesado en el trabajo, pues que le llamase...

De todo se aprende, ¿no?

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